No puedo. No así. No. Sin saber. ¿Saber qué? que no me dejarás con un hijo y un corazón roto. Mi marido me juró amor eterno y murió. Tú podrías hacer lo mismo, o peor, vivir y marcharte. Mateo la miró con ternura. Tomó su rostro entre sus manos. Catalina, mírame. He matado hombres, he robado ganado, he mentido para sobrevivir, pero nunca he mentido sobre lo que siento.
Si te tomo, será para siempre o para nunca. Ella tembló. No me tomes completamente. No todavía. No hasta que estemos seguros. Él asintió. La besó en la frente. Como digas, mi reina. Se acostaron en la paja abrazados sin más. Durmieron así hasta el amanecer. La noche del ataque llegó con nuna nueva. El cuervo trajo 30 hombres. El rancho se convirtió en campo de batalla.
Disparos, gritos, sangre. Mateo luchó como un demonio. Catalina desde la ventana disparaba con un rifle Winchester derribando bandidos con precisión mortal. En el clímax, Mateo enfrentó al cuervo en el centro del patio. El bandido era un gigante con bigote negro y ojos de loco. “El rancho es mío”, gritó Mateo.
Escupió sangre sobre mi cadáver. Se batieron a cuchillo. El acero chocó bajo la luz de las antorchas. Finalmente, Mateo clavó su puñal en el pecho del bandido. El cuervo cayó muerto. El silencio volvió. Los peones vitorearon. Catalina corrió hacia Mateo, que sangraba de un hombro. ¿Lo lograste? No solo respondió él mirando a los hombres.
Todos lo hicimos. Esa noche el rancho celebró. Hubo tequila, guitarra y baile. Catalina y Mateo se escabulleron al granero. Esta vez no hubo miedo. Se entregaron con la pasión de quienes han sobrevivido a la muerte. Ella volvió a recordarle su promesa y él la cumplió con respeto y ternura.
Días después, Mateo pidió matrimonio frente a todos los peones. Catalina, con lágrimas aceptó. Se casaron en la capilla del rancho con el cura borracho del pueblo y los vaqueros de testigos. La noche de bodas, en la habitación de Catalina, la tormenta volvió, pero esta vez era bienvenida. Ahora sí, susurró ella con una sonrisa. Esta vez sin miedo, su amor fue completo. Mateo la abrazó con devoción.
Se unieron como el desierto y la lluvia, y en ese instante sellaron su destino y su amor eterno. Mesó Anselmo Mateo, un niño de ojos grises y cabello plateado. El rancho La esperanza perdida se convirtió en la esperanza encontrada. Los bandidos nunca volvieron. Los peones prosperaron y cada noche, bajo las estrellas de Sonora, Mateo y Catalina se amaban recordando aquella promesa que los unió para siempre.
Yeah.


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